
Estaba ojeando el periódico, cuando me he detenido en un reportaje sobre la tragedia de Japón. Lo firma Chapu Apaolaza y lo leo concienzudamente porque incide en algo que me ha llamado poderosamente la atención del drama japonés: la reacción del pueblo. Siempre me fijo en los detalles y más allá de saber si finalmente habrá fusión en el núcleo o si temblará de nuevo la tierra, en los telediarios e Internet me he quedado con el Primer Ministro agachando la cabeza tras una rueda de prensa, o el gesto genuflexo de profundo respecto de un malherido tras ser atendido por el médico.
El reportaje se centra en este comportamiento ordenado, heróico y profundamente digno, y recoge la explicación expuesta por un psicólogo: "son descendientes de Samuráis". No puedo evitar comparar nuestra sociedad con los ciudadanos resignados y ordenados que deambulan por mi televisor. No hay robos, no hay violencia, las colas se respetan pese a que les va la vida en ello...
Y me viene a la cabeza un detalle tonto que viví en primera persona hace unas semanas y que refleja bien lo tristemente lejos que estamos de esos héroes admirables. Llegué a la puerta de embarque en el aeropuerto de Heathrow (Londres) para tomar mi vuelo de regreso a España. Había cola, así que ocupé la última plaza. La cola avanzaba lentamente y observé cómo un chico se ponía a mi lado. Leía con aparente interés una revista, pero no perdía detalle de la evolución de la cola. Avanzamos en paralelo y yo me fijé en la puerta que daba acceso a la sala: sólo cabía una persona. Llegamos así, codo con codo, a la puerta y yo me paré dispuesto a hacerle un gesto para que pasar él delante pese a haber llegado más tarde a la cola que yo. No hizo falta. Vio el hueco y apretó el paso adelantándome y entrando en la sala. Comprobé que en ese momento se relajó y cerró la revista, que en realidad, no estaba leyendo.
Objetivo cumplido. Había ganado una posición (un tanto intrascendente puesto que los asientos están asignados). Había llegado antes sin importar quién quedara detrás o cuál era el orden de la cola. En una sociedad de "maricón el último" en la que vivimos, nos hemos vuelto egoístas y disfrutamos con el engaño y la pillería. A este jetas no le iba nada en la cola, y sin embargo transgredió la principal de las normas: el respeto a los demás. Sin embargo, a los japoneses que vemos en la tele les ha arrollado un terremoto, un tsunami y viven con la seria amenaza de ser fatalmente afectados por la radiactividad. Un asunto vital, y sin embargo, ahí están, respetando al prójimo y colocando por delante los intereses ajenos antes que los propios.
Remontarán esta fatalidad como lo han hecho en la historia en otras ocasiones y volverán a ser una potencia mundial y de referencia. Sin embargo, estas personas maltrechas, sin comer y sin hogar, nos han dado una lección de dignidad, de estoicismo y de profundo civismo. Son, sin duda, descendientes de samuráis.
2 Comentarios:
No puedo estar más de acuerdo con tu artículo. A mi también es algo que me despierta admiración, y es lo que más me ha llamado la atnción de todo ésto, el comportamiento y educación de esta gente. Les deseo una pronta recuperación y les mando todo mi cariño.
Gracias Carlos. Lo harán sin problemas. Tienen todo lo necesario para ello y más ;)
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