
Aquella mañana de enero no pude imaginar que comenzaba el año más intenso y lleno de mi existencia. Era sábado, hacía mucho frío y todos dormían en casa. Virginia a mi lado, y las niñas en su cuarto. Sentí el impulso irrefrenable de saltar de la cama y descubrir a través de la ventana qué me traería el mundo hoy. Por de pronto, una sorpresa y es que aquella noche, mientras mecíamos nuestra imaginación en el juego de los sueños, el capricho había querido cubrir la ciudad de una intensa y nacarada capa de nieve. Menuda alegría se llevarían las niñas.
Aquella mañana empezó un año muy diferente y es que a punto de dejar la treintena, puedo decir que volví a nacer y no porque sobreviviera a ninguna catástrofe o accidente, sino porque descubrí de la manera más tonta que lo mejor de la vida era disfrutar de cada momento como si realmente fuera el último, como si fuera a escurrirse entre los dedos como de hecho lo hace. Casi cuarenta años viviendo contra el reloj, intentando ser agradable y no decepcionar a nadie, creyendo que mi meta debía ser el éxito en mi carrera y conducir un deportivo mientras silbaba "Si yo fuera rico" ¿Rico? Qué razón tenía Borges y su "Si volviera a nacer".
Aquella mañana aprendí a decir que no, a vivir los momentos tristes y duros como una experiencia más en la vida, a escoger a mis amigos de verdad y a dejar de llevar esa horrible corbata que me apretaba el cuello como la vida antes de aquella mañana de enero. Decidí trabajar menos y llevar y recoger a mis niñas en el colegio, a dejar que sonara el despertador y a tirarme en trineo mientras el resto trabajaba.
Aquella mañana todo cambió y ahora no me falta el tiempo. Acaricio tu cabello mientras el viento azota con violencia en la ventana. Suenan villancicos y hoy se acaba el año, el año que viví por primera vez, que me detuve a ver la hojarasca girar sin fin sin nada más importante que hacer. El año que comenzó aquella mañana de enero.
